Desde que había leído La Insoportable levedad del ser (Milan Kundera) había querido leer Anna Karenina (Leon Tolstoi), cuando lo comencé, me sentía más identificada con Kitty,  La princesa Shcherbatsky, la rubia bonita, tranquila, inteligente y generosa que afronta con elegancia y dignidad el rechazo del Conde Alexey Wronsky-quien cancela su compromiso pues se ha enamorado de su tía Anna Karenina.

Con el tiempo descubrí que tenía mucho más de Anna Karenina de lo que me hubiese gustado reconocer de hecho mi vida amorosa de ese momento y (otros)me demostró que yo tenía una Anna Karenina en potencia, guardada en el clóset con llave  y sí  a veces se me escapaba, me di cuenta que tenía un poco de esa cosa tan irracional y apasionada de Anna Karenina: Un volcán a punto de erupción.

Llena de intentos de represión, a punto de explotar, dispuesta a entregarme entera, en nombre del verdadero amor. Intensa, culpable, sin frenos, sin limites rodando en las mieles de la pasión para descubrir que al igual que Anna Karenina, yo  también exigiría  mi eterna luna de miel, sentir que nunca es suficiente y reprocharle a tu amado,  ahora impostor, porque ya ni es tan príncipe, ni encantador, por lo tanto un embaucador con el cual sentirme traicionada por no cumplir su promesa de hacerme feliz, o de amarme más, o lo que sea que uno busque en el amor de pareja tipo Disney.

Y es que hay vacíos imposibles de llenar con el amor o la aceptación de alguien más, que se convierten en agujeros negros porque no tienen un fondo, son infinitos, de una profundidad colosal, pero claro Anna Karenina no sabía esto, murió sin saberlo, de hecho eligió morir a seguir sufriendo, y yo tampoco lo sabía en ese momento, pero vaya para mí fortuna lo he ido aprendiendo.

La literatura universal está llena de mujeres así, personajes femeninos que han apostado todo por el amor romántico y que no han salido bien libradas en la hazaña, tragedias románticas, pasiones reprimidas  que terminan en pulsiones amorosas desaforadas  convertidas en una bomba de tiempo a punto de estallar.

Pero por suerte tú al igual que yo puedes ir creando tu propia narrativa, hacer de ti, el personaje que más admiras, rompiendo los convencionalismos que te vengan en gana, contando la historia que más te agrade, eligiendo los personajes que más aporten a tu vida.Tú eres la guionista de tu vida, no la víctima de tu historia.